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Messi y diez más

La rompió Lio y volvió a demostrar que es desequilibrante como nadie.

Messi y diez más

Esas acciones que sólo cotizaban alto en la bolsa de Barcelona, comienzan a tener valor en nuestra patria. Esa deuda en celeste y blanco, empieza a ser cancelada. Porque los argentinos, propietarios de tanta pasión, se sentían acreedores de Lionel Messi.

Le exigían ese brillo que despierta admiración aquí, en este rincón de África, y en todo el mundo, pero no tenía plazo fijo en la Selección. Y él, millonario de talento, apenas había pagado con algunas monedas de su juego. Hasta ahora, claro. Hasta este debut mundialista en el que devolvió un fútbol con intereses. Hasta este partido que ya no genera cuotas con la gente.

Messi frena la pelota con su suela izquierda, levanta la cabeza y encara sin temores. No lo pueden parar. Van tres minutos y esos negros verdes le clavan los ojos en la espalda. El mago rosarino se filtra por la izquierda, pero Higuaín define sin convicción. Es el preludio del día anhelado, el de la resurrección del diez, ese número que fue perfecto desde la zurda de Diego, el mismo que es ideal en el atardecer de Johannesburgo.

Lio es profundo, filoso como una lanza. Se entiende con Tevez, como si hubieran jugado juntos en algún potrero de Fuerte Apache. Sintoniza con Higuaín, como si su socio no fuera merengue. Recibe y avanza en diagonal.

Y dibuja un tiro que es una pintura, pero no llega a ser obra de arte por el guante derecho de Enyeama, el increíble arquero nigeriano. Aunque un instante después, Heinze deja su firma en la red. No fue un pase gol el de Lio, porque el córner lo ejecutó Verón. Pero hay que reconocer sus derechos de autor.

Lo que sigue, es Messi y diez más. Porque todos se entregan por Argentina. Sin embargo, Lio es el mejor. Una Pulga gigante. Por sus diagonales picantes. Por su colección de gambetas. Por un nivel superlativo, ese que lo llevó a ser Balón de Oro en Europa, ese que ratifica su condición de crack con la camiseta de la Selección. Porque se reinventa como enganche.

Esta vez, no hay pecados de individualista. Messi toca la pelota. La computadora no miente.

Devuelve más medio centenar de pases al pie de un compañero. Pero desea el gol. Entonces, lo busca, lo seduce, le guiña el ojo, pero Enyeama, celoso con sus manos, no lo deja concretar. Ni desde lejos, como intenta en el primer tiempo. Ni mano a mano, como pretende resolver en el segundo.

Hay más recursos en la galera de Lio. Hay un caño con la pelota suspendida, un toque exacto entre las larguísimas piernas de Etuhu, que no entiende cómo es posible sentirse tan pequeño desde su metro noventa. Hay otro pase que le cede el gol a Higuaín, pero no es la tarde del atacante del Real Madrid. Levanta una pared con Di María.

Y otra con Carlitos. Construye fútbol Messi. Le pone cimientos a 40 millones de sueños. Menos mal, piensan los nigerianos, que el físico no está diez puntos.

Y pensar que, fuera de ese escenario en el que es primera figura, resulta un pibe como cualquier otro. Por eso surge en la zona mixta con las manos en los bolsillos y su necessaire debajo de un brazo.

Por eso habla con la naturaleza de quien cuenta una anécdota cuando le preguntan por sus proezas: “Hicimos un gran partido, aunque pudimos haber hecho más goles. Tuve varias. El arquero me sacó unas cuantas. Pero estoy feliz porque ganamos y era importante”.

Y asegura que ya es pasado la presión externa: “Sabía que, cuando llegara acá, todo iba a ser diferente. Nos sacamos de encima el peso que teníamos desde que jugamos las Eliminatorias, de lo feo que fue para el grupo. Teníamos que demostrar y lo hicimos. El mérito es de todos, no sólo mío”.

No es falsa su humildad, más allá de que sabe que es único. Es poco lo que dijo pero mucho lo que hizo. Y se va sin detenerse cuando le preguntan en inglés. Aunque ni en castellano podría expresarse como en el césped. Es que el lenguaje que mejor maneja Messi, se habla con los pies.


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El arquero nigeriano con las manos de Dios
Fue la otra gran figura de la cancha al ganarle mano a mano a Messi.

El arquero nigeriano con las manos de Dios

La mano de Dios alguna vez le permitió anotar a Diego Maradona en la Copa Mundial, pero el sábado impidió una goleada del equipo dirigido por el argentino en su debut contra Nigeria en el Mundial.

El arquero nigeriano Vincent Enyeama evitó la caída de su arco en numerosas ocasiones y después del partido, en el que fue elegido el mejor jugador de la cancha, dijo que su actuación monumental había sido obra de Dios.

“Mi secreto es Dios”, afirmó. “Creo mucho en Dios y él marcó la diferencia.

“Dios es mi secreto. Me tranquiliza”, insistió.

Enyeama le tapó cuatro tiros con destino de red nada menos que a Lionel Messi y dos a Gonzalo Higuaín. Despejó pelotas que buscaban rincones lejanos y también ganó un par de mano a mano.

Su notable desempeño, no obstante, no pudo impedir que Nigeria perdiese pero sí evitó una goleada, lo que podría resultar clave si los clasificados del Grupo B se deciden por diferencia de goles.

Enyeama no pudo hacer nada en el gol de Gabriel Heinze a los seis minutos, tras un tiro de esquina. Nadie marcó al defensor y Heinze fusiló al arquero con un cabezazo en palomita desde el punto del penal que entró junto a un ángulo.

El arquero, quien milita en el Hapoel israelí desde el 2007 y juega en la selección desde el 2002, ganó un duelo aparte que tuvo con Messi. Dijo que le atajó tantos balones a Messi porque vio “varios partidos de la liga española, pero sobre todo por la gracia de Dios”.

Enyeama reconoció que “éste fue tal vez el mejor partido de mi carrera en vista de que le tapé tantos remates al mejor jugador del mundo”.

Maradona anotó un famoso gol con la mano contra Inglaterra en el Mundial de México 1986 y fue bautizado como la “Mano de Dios”.

“Tiene un mérito grande el arquero”, afirmó Maradona. “Hizo un partido excepcional y fue la gran figura”.


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Los hinchas sí supieron golear
No son barrabravas, son fanáticos de la Selección que hicieron un gran esfuerzo para llegar hasta Sudáfrica.

Los hinchas sí supieron golear

Tocan la guitarra, cantan por Argentina, se abrazan con quienes pasan, se sacan fotos y algo más: también venden. Es que, sobre un banco de cemento, ubicaron gorritos y banderas celestes y blancas. Y ofrecen todo a puro grito y al mismo precio: “A 50 rands, a 50 rands”. A unos 25 pesos de los nuestros. Pero no hay caso. Casi nadie les compra.

“En Alemania salió bien de entrada. Nos compraban todo. Acá ya le vamos a encontrar la vuelta. ¿Te parece bien el precio?”, le cuenta y pregunta un hincha de Lanús, Martín Grabow. Y redondea: “Si seguimos así, vendo la guitarra, jajaja...”. Lo acompañan Ezequiel Pepi, de Mar del Plata y de River, Alejandro Castillo, de Banfield y... ¡¡¡un esloveno!!! que como ellos luce una camiseta celeste y blanca.

Capturada en la puerta del estadio a dos horas del partido, esa escena con nombres y apellidos contiene la esencia de la mayoría de las historias que se encuentran en un Mundial. Y que valen. Les sobra color. Como no son barras, transmiten pura naturalidad. Y vinieron por las suyas. Hay en ellos ingenio para conseguir un ticket de avión ultra barato: Martín pagó 850 dólares apenas por un pasaje abierto durante dos meses.

Hay en ellos algo más de alivio económico y de lógica en el costo de un pasaje hasta aquí: Ezequiel abonó 2.500. Hay en ellos aventura y universalidad: Martín llegó hace varios días, visitó el fascinante Parque Kruger y, como estaba ahí nomás de Mozambique, hacia allí siguió. Y en ese sitio tan singular conoció a Mihja Kramberger, a ese esloveno fanático de Boca y de Argentina, tanto que hasta canta “La Mano de Dios”, tema que patentó Rodrigo.

Con los bolsillos vacíos porque la venta no levantó, ingresan a la fiesta. Las vuvuzelas, cornetas nuestras, aturden. Muchos sudafricanos se muestran con los colores argentinos, como desafiando a la nutrida colonia nigeriana que pinta la tarde de verde. Hay camisetas de todos los colores y países. Hay banderas celestes y blancas con nombres, ciudades y mensajes.

“En bolas al Obelisco”, se leía en una, refiriendo a la promesa de Diego si gana el Mundial. Miran famosos: Evo Morales, Susana Giménez, Valderrama, Maturana, Bianchi, Pichot, Capria, Francescoli, Chilavert, Batistuta, Ruggeri... Los cantitos son los clásicos. “Vamos, vamos Argentina...”, primero. “... El que no salta es un inglés”, ahí nomás.

Y “Volveremos, volveremos...”. Al anunciarse la formación, cada jugador aparece en las pantallas. Gana Messi, segundo Tevez, tercero Mascherano. Pero si en esa competencia imaginaria corriera el DT, Maradona roba.

La piel se eriza con el Himno seguido con un “ooo ooo ooo” tan festivo como respetuoso. Linda fórmula para un momento tan especial lejos de la tierra propia.

Como la Selección golpea de entrada, estalla una presunción: “Vení vení/cantá conmigo/ que un amigo vas a encontrar/ que de la mano de Maradona/ todos la vuelta vamos a dar”. No hay goleada y así crece la incertidumbre, aumentan los silencios y, al final, el alivio: la victoria que esos 10 mil argentinos merecían porque en las tribunas supieron ganar.


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Inglaterra, “verde” de bronca
El arquero Robert Green tuvo un error grosero y Estados Unidos se llevó un empate clave.

Inglaterra, “verde” de bronca

Inglaterra y Estados Unidos empataron 1 a 1 en el Royal Bafokeng Stadium de Rustemburgo, en la apertura del Grupo C del Mundial de Fútbol de Sudáfrica y los norteamericanos terminaron festejando el resultado.

El primer tiempo comenzó con un prolijo estudio entre los rivales, que a los tres minutos y medio se zambulló al vértigo del fútbol y la Jabulani, con el golazo del volante inglés Gerrard.
Desde un lateral Inglaterra se aproximó al área rival tocando, Heskey habilitó a su compañero con absoluta precisión entre los centrales ‘yanquis’ y Gerrard definió muy bien de derecha, dejando sin opción al arquero Howard.

A partir del gol Inglaterra manejó el partido a su antojo, conteniendo los ataques poco claros de EEUU y amagando a ampliar el marcador en cualquier momento de la mano de Wyne Rooney y Eile Heskey, quienes jugaron sin destellar pero con buena sintonía.

Poco después, el técnico de los ingleses Fabio Capello comenzó a perder la templanza y cuestionar a sus jugadores. Sin embargo Inglaterra no estaba mal.

Pero ahí llegó el empate: a los 39’ Donovan se acercó a la puerta del área grande, se desprendió de su marcador con gran estilo y remató al arco sin fuerza.

El pelotazo debió ser contenido sin problemas por Robert Green, pero el arquero inglés puso rodilla en tierra, se inclinó para agarrar la pelota y ante el estupor de propios y extraños, se le escapó al fondo del arco. Triste fue su arrastrada posterior intentando evitar el juicio de la historia: 1-1.

El segundo tiempo llegó con más de lo mismo, aunque con mayor hambre de Inglaterra en la búsqueda del partido, que por momentos creyó disponer de la gloria del almirante Nelson, pero sólo mostró pólvora mojada.

Así tuvieron varias llegadas claras, pero sin definiciones claras.

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